El sol había bajado la persiana hace un par de horas, me dirijo en busca de comida rápida. Camino entre calles tristes y un gentío apagado, que implora tácitamente un descanso luego de una ardua jornada laboral, lo delatan sus rostros, agotados y desfallecidos. Como todos los días, la urbe se transforma con la llegada de la noche, su decorado colorido muta por un gris opaco, y los actores principales también cambian, todo tipo de animales noctámbulos salen a escena.

Y ahí voy yo, vestida de colegiala, con mis eternos catorce años, una presa fácil para los profanadores de niñas. Pero pateo despreocupada, no siento miedo y esto en muchas ocasiones me juega en contra. Mis padres me sermonean siempre, no les hago mucho caso, aunque en el fondo sé que llevan toda la razón.

No recuerdo cuando nos mudamos a Buenos Aires, era muy chica, fue hace un montón de años, siempre estábamos cambiando de ciudad hasta que llegamos a la “Reina del Plata” y echamos raíces aquí. Mi hermano mayor va viene por el mundo, es un mochilero sediento de nuevos retos, ya le quedan pocos lugares en el mundo por descubrir, la última vez conquistó el Himalaya por tercera vez.

Marcho con los auriculares a tope, escuchando Joy Division, cuando no estoy con el uniforme, sale a relucir mi lado post-punk, tengo una pila de remeras de la banda de Ian Curtis. Llegué a ellos gracias a Constantin, mi único hermano, las melodías y la prosa me captaron de inmediato, y así me uní a su ejército de fieles.

No sé por qué, pero percibo una mirada extraña mientras giro por una de las calles de la city. Me muerdo los labios, y prosigo como si no me hubiese percatado de la silueta que persigue mis pasos, me detengo y me agacho a atarme los cordones de los Kickers marrones, de reojo veo su rostro claramente, sus ojos depredadores me devoran con la mirada.

Apresuro el paso y doy la vuelta en una callecita de mala muerte, en donde no se ve a nadie, desconecto los auriculares del móvil y escucho sus pasos, hasta siento su respiración y el latido de su corazón…miedo no tengo, al contrario. El tipo susurra algo, mientras trata de agárrame el hombro, le esquivo y salgo a correr.

Unos metros más adelante, beso el suelo por la zancadilla que me hace el hijo de puta, lo siento encima mío, me agarra de los pelos y amenazándome me obliga a darme vuelta, tengo los labios llenos de sangre y los ojos húmedos, me insulta y enseguida quiere meter mano en mi sexo.

—Hasta aquí llegamos— le dije, el sátiro se sorprendió por un instante y persistió el ataque, un ataque efímero, inmediatamente logré liberar mi brazo derecho de sus garras para propinarle un puñetazo sobrenatural, con el que me lo saqué de encima, no le di tiempo para nada esta vez fui yo la que estaba arriba, y mis dientes fueron directo a por su cuello, un par de mordiscos y mi cuerpo flotaba en adrenalina, saciaba mi sed y de paso le hacia un bien a la comunidad.

No va a ser el primero que cae, ni el último, llevo haciéndolo toda mi vida desde que me adoptaron mis padres en Rumania a fines del siglo dieciocho, mis eternos catorce años era la principal causa de nuestras estancias tan cortas en las ciudades, pero en Buenos Aires encontramos lo que buscábamos, una ciudad a nuestra medida.

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Bloguero a tiempo parcial, las “Notas de Unit” es el lugar donde exploro sensaciones a través de las palabras.

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