Volvíamos de jugar el fulbito de los sábados, eran partidos suavecitos entre familiares y amigos, nada que ver con los enfrentamientos encarnizados que se producían cuando jugábamos por la cancha, plata o algunas birras, ahí sí corría sangre.

La canchita del cura Paco es única en el mundo, porque tiene un arco que corre paralelo a la calle diagonal que hay por detrás suyo. El terreno de juego en vez de rectángulo parece un trapezoide, al pobre arquero que le toque pararse en esa portería, seguro termina con un dolor de cuello infernal.

El post-partido se hacía sobre la entrada de la torre quince, mientras unas Quilmes y alguna Coca Cola iban de boca en boca saciando la sed grupal, sólo se hablaba de fútbol, del picadito o de Boca y River, entre chicanas y risas se terminaba acabando la tarde, una postal de un sábado de siempre.

Todo iba en su cauce normal, hasta que de la nada salió el Rengo y se dirigió directamente al Cabezón, así le decían no solo por su prominente cabeza, sino porque también era un bocho en los estudios, fue el único de los presentes que pisó la Universidad. Con los ojos llenos de cólera, el Rengo le dijo algo al oído mientras le apuntaba a su estómago, menos mal que uno de sus tíos divisó la nueve milímetros y en un acto reflejo se la pudo manotear un poco, porque cuando el tipo jaló el gatillo la bala fue a parar a la pierna de su sobrino.

El estruendo encendió la confusión y se avivo el pánico en el grupo, a sabiendas de que el tirador no se andaba con chiquitas, cargaba varias historias sangrientas sobre el lomo, por suerte para nosotros apareció la hermanita del Rengo para poner paños fríos sobre la mesa.

Resulta que, unos días atrás Cogote, un integrante de la pandilla rival del pata corta, amenazó con una treinta y ocho a su hermanita, instantáneamente fue sentenciado a muerte, ciego de furia inició la cacería en Villa Corina y el pobre Cabezón era un calco de Cogote.

Al enterarse de la confusión, el Rengo se marchó por donde vino como si nada hubiera pasado, la familia pidió disculpas aduciendo el “parecido razonable” y los tíos se llevaron al tiroteado al hospital. Los problemas se resuelven en la cancha, por eso no fue necesario realizar ninguna denuncia.

El pibe se perdió un par de meses de fulbito y el altercado se unió a la colección de anécdotas del populoso barrio.

Se me olvidaba, unos días más tarde el cadáver de Cogote apareció con siete plomos de una nueve milímetros en una de las torres del barrio.

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Bloguero a tiempo parcial, las “Notas de Unit” es el lugar donde exploro sensaciones a través de las palabras.

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