Queda poca esperanza en este desierto, la arena se va comiendo las huellas de mis pasos, la mente no me deja autoengañarme con ningún oasis, cabrona y pesimista como siempre me tira la realidad encima.

La tragedia sobrevuela en unos buitres que me acompañan desde hace rato. Desorientado camino hacia ninguna parte, a pesar de mi malogrado estado no me detengo, prosigo a puro corazón.

Me caigo, me levanto y me vuelvo a caer, arrastrándome, maltrecho y herido trato de esquivar el pesimismo mental, prolijamente educado para no revelarse y ser sumiso hasta para dejarse morir democráticamente.

El Sol arrecia fuerte y enciende la oscuridad, a lo lejos la veo, desde que vi “el séptimo sello”, la muerte tenía rostro. Me arrastro con los codos, las manos hace rato eran un lastre, mientras el de la guadaña se aproxima.

No puedo más, y detengo mi sosegada marcha, la muerte ya está aquí, saca su tablero de ajedrez y comenzamos mi juego final. A diferencia de Antonius Block, con la parca pactamos una partida rápida, en este mundo que vivimos hay prisas hasta para la muerte.

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