Venía de abandonar la secundaria casi cerrando el segundo curso, un cóctel de motivos se unieron para ello y ahora no es momento de repasarlos, me mudé del turno matutino al nocturno, en “el Rancho de Avellaneda”, la mejor decisión que pude haber tomado.
 
Recuerdo que no llegábamos a veinte alumnos, de vidas distintas, de barrios distintos y de edades distintas. En ese tiempo era un melófobo —palabra que tomé prestada del portugués, ya que no hay definición en castellano para el que odia la música—, entre mis compañeros se encontraba una parejita veinteañera, Marce y Rody que adoptaron rápidamente al pequeño morochito de Villa Corina, conocerlos fue un momento bisagra, con ellos aprendí a ver y escuchar la vida de otra manera.
 
El dúo más Factura, otro gran recuerdo archivado en mi memoria, tenían las llaves para abrir el cerrojo musical impuesto en mí, eran rockeros, como lo era Sarandí en esos años, AC/DC, Led Zeppelin y Deep Purple eran una parte más de sus existencias. Corrían tiempos de cassettes y me regalaron un compilado de canciones grabado en un TDK 60´, con arte de tapa y todo, para que mentirles, al principio la cinta no lograba seducir mis oídos, solo era ruido a lata y ensordecedor.
 
Hasta que el repique de unas campanas infernales estremecieron algo dentro mío y un sentimiento nuevo, un disfrute pasional comenzó a expandirse en mi cuerpo con cada nota de “Hells Bells”. Fueron las campanadas de bienvenida a la música, ya no volvería ser el mismo a partir de un instante de cinco minutos y trece segundos, los mismos que dura el himno de AC/DC.
 
Desde ese riff comandado por Angus, mi destino y yo caminamos con banda sonora, una canción para cada momento especial, para cada recuerdo, ¿y por qué no?, para cada ilusión, porque por más que tenga cuarenta y uno, me sigo ilusionando como en aquellas noches cuando salíamos del colegio y me acompañaban a la parada del bondi, una pandilla cantando alegremente cualquier canción que se le ponga adelante.
 
Con el tiempo me volví un enfermo de la música, pasándome horas buscando en las galerías de Lavalle o en el Parque Avellaneda, alguna banda nueva o rarezas para saciar el apetito polifónico que se había despertado en quien les escribe, mi cuerpo comenzó a vestirse con identidad rockera, daba pasos en unas All Stars negras, calzando un Levi´s gastado y enfundando alguna remera singular de los australianos, después de interminables visitas a las tiendas especializadas, hasta dar con la única en su especie, no vaya a ser que me cruce a otra igual por las calles.
 
Ahora sigo llevando el rock en las venas, aunque disfruto de Leonard Cohen, del tango y la buena música en general con la misma pasión.
Compartimos un montón de vivencias en esos dos años, me empape de buena gente, hasta que en tercero volví a flojear y deje la secundaria. Los volví a cruzar un par de veces más en Avellaneda y luego partieron hacia España en busca de un futuro mejor. Una pareja qué engendro a un melómano como yo, a los que les debo el sonido de mi vida.

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