Viajaba en el tren Roca rumbo a Villa Domínico, con el volumen a tope para tapar las voces de la interminable fila de vendedores ambulantes. Como todos los días no quería estar con nadie, tenía el ánimo por el suelo, había sido un día de mierda en el laburo, como tantos otros.

Miraba sin mirar, solo la voz de la cantante de Las Ligas Menores me conectaba con la humanidad, estaba desganado, tanto esfuerzo, tantas horas, tanto estrés para tan poca recompensa y encima aguantarse el bipolar estado de humor del jefe, hoy nos tocó su peor cara, pero de momento no había otra cosa, más que aguantársela.

Todo eran pálidas y aun me faltaba un buen rato para llegar casa, necesitaba una buena ducha para sacarme la mufa y tratar de pegar ojo rápido, que mañana había que madrugar y volver a fichar, para seguir perteneciendo y sentirme parte de algo que llamaban vida. Hace tiempo que no conectaba con el Mundo.

Todo paso muy rápido, la voz de Antonella ya no estaba acariciando mis oídos, ya no estaba cómodamente sentado en el asiento azulado, había aterrizado en el techo del vagón, el apabullante escenario era dantesco con una banda sonora terrorífica.

Cuando pude y como pude reaccione, estaba un poco magullado, pero bien, la oscuridad olía a pánico, el sonido estremecía, gritos de llanto y dolor, voces pidiendo auxilio. De repente se presentó la muerte desde una llamarada que avanzaba con un apetito voraz. El fuego trajo luz al desconcierto, cuerpos sin vida esparcidos entre el amasijo de hierro, personas con hueso rotos, otras con algún elemento clavado en sus cuerpos, algunas huyendo despavorida y las demás, a pesar del shock, auxiliando a los heridos, un caos impensado metros atrás.

El resplandor venia hacia nosotros, a pesar del miedo, tomé coraje y me quedé socorriendo. Un infierno me liberó de mi autismo social y me sentí humano otra vez.

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